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Impacto

SOCIAL

Es de vital importancia que para establecer posibles solucines al problema de la violencia intra familiar ha de ponerse gran atención a la formación de los menores que son parte integral de una familia ya que es precisamente en la niñez donde a través de los padres se transmiten todos aquellos valores que servirán al individuo en su futuro para una debida adaptación en la sociedad, dando esto como resultado personas capaces de respetar los derechos de cualquier ser humano y por ende los derechos de las personas que conforman su propia familia, ya que se considera según la sociología que para evitar problemas sociales como es la delicuencia, la drogadicción, la prostitució, etc., es necesario atacar de raíz, es decir siendo la familia la celula principal de toda agrupación humana el atender de manera responsable su problemática se evitara el grave problema de la violencia familiar. Entre el impacto que recibe una sociedad donde sus habitantes o familias sufren de violencia, están los siguientes:

a) Costos agregados de atención de salud

Los costos a la sociedad de la violencia contra la mujer son extraordinarios, considerando solamente la atención de salud. Una proporción de estos costos son para tratar las lesiones físicas graves. Una cantidad sustancial también se gasta en problemas psicológicos como el manejo de las ansiedades y los síntomas que las mujeres más felices y más seguras pueden tolerar, pasar por alto o encogerse de hombros.

b) Efectos sobre la productividad y el empleo

Las mujeres que experimentan violencia pueden efectuar un menor aporte a la sociedad así como a la propia realización de su potencial. El impacto económico del maltrato puede extenderse a una pérdida del potencial de la mujer de percibir remuneración. Ello puede deberse en parte a que las niñas que son víctimas de violencia tienen probabilidad de padecer de ansiedad o depresión y ser incapaces de desarrollar su capacidad plena en la escuela. Debido a su experiencia de no tener contro de su propio cuerpo, el mundo puede convertirse en un lugar amenazante donde la mujer evita retos de todo tipo.

En las zonas en que el maltrato sexual de las estudiantes de parte de los profesores es prevalente, las niñas pueden no asistir a la escuela para escapar de la atención no deseada. En otros lugares, los padres que temen que sus hijas sean agredidas sexualmente pueden mantenerlas en la casa hasta que se “casen y estén en un marco de seguridad”. En muchos países, una niña que queda embarazada es expulsada de la escuela, independientemente de si el embarazo fue resultado de una violación. La consecuencia, en cada caso, es  educación disminuida, una menor oportunidad de conseguir un empleo lucrativo y un aporte reducido a la calidad de vida para su comunidad.

 

La mujer agredida: aspectos psicológicos.

Igual que sus maridos, las mujeres maltratadas constituyen un grupo diverso, de distinta clase social, educación y ocupación. En un estudio, frente al 81% de los agresores que provenían de familias violentas, sólo el 33% de las mujeres agredidas había recibido malos tratos en la infancia o había visto a su padre pegar a su madre. Esto sugiere que las características del esposo son más relevantes que las de la esposa en cuanto a la proclividad a los malos tratos.

Una de las cuestiones más interesantes que surgen sobre las mujeres maltratadas es: ¿por qué se quedan? Muchas de estas mujeres aguantan palizas reiteradas durante años. A menudo, para frustración de los profesionales, la mujer agredida que ha abandonado a su esposo vuelve con él. Según los resultados de un proyecto de investigación, las cinco causas más comunes aducidas por las mujeres maltratadas como motivos para aguantar, citadas en orden de mayor a menor frecuencia, son:

1) Esperanza de que el marido cambie.

2) No tener a donde ir.

3) Temor a represalias del marido.

4) preocupación por los hijos (necesitan un padre, imposibilidad de sostenerlos, etc.).

5) Dependencia económica (imposibilidad de sostenerse a sí misma)

Aunque un psicoanalista pudiera pensar que estas mujeres son masoquistas, las razones mencionadas reflejan más a menudo factores prácticos y económicos absolutos, como el hecho de no poder mantenerse a sí misma o no tener a donde ir.

Presentamos la carta de una mujer maltratada como ejemplo de la experiencia vivida por estas mujeres.

Carta de una mujer maltratada.

Todavía no tengo cuarenta años, igual que mi marido. Poseo el título de bachiller y, actualmente, asisto a un centro universitario local, intentando conseguir la enseñanza adicional que necesito. Mi marido es licenciado universitario y trabaja como profesional en su campo. Ambos somos atractivos y, en la mayoría de los casos, respetados y queridos. Tenemos cuatro hijos y vivimos en una casa de clase media, con todas las comodidades deseables. Lo tengo todo, salvo el vivir sin miedo.

Durante la mayor parte de mi vida de casada, mi marido me pega periódicamente. ¿Qué quiero decir con “me pega”? Quiero decir que golpea diversas partes de mi cuerpo de forma violenta y repetida, causándome magulladuras dolorosas, hinchazones y heridas sangrantes, dejándome inconsciente y combinaciones de
todas estas cosas…

Me dio patadas en el abdomen cuando estaba visiblemente embarazada. Me ha sacado a puntapiés de la cama y pegado cuando yacía en el suelo, de nuevo, estando embarazada. Me ha azotado, dado patadas y tirado al suelo, levantándome y volviendo a tirarme. Me ha pegado puñetazos y patadas en la cabeza, el pecho, la cara y el abdomen más veces de las que puedo contar.

Me ha abofeteado por decir algo sobre política, por tener un punto de vista diferente sobre religión, por blasfemar, por llorar, por querer hacer el amor.

Me ha amenazado cuando no he hecho algo que me había encargado. Me ha amenazado tanto cuando ha tenido un mal día como cuando lo ha tenido bueno… Pocas personas han visto mi rostro de color negro y azul o mis labios hinchados porque siempre me he quedado en casa, asustada. Nunca he sido capaz de conducir después de alguna paliza de éstas, por lo que no he podido acudir a un hospital para que me curasen. Y tampoco podría haber dejado solos a mis hijos, aunque hubiese podido conducir.

Inevitablemente, después de una paliza, estoy histérica. Nadie acepta esa histeria (el temblor, el llanto y el hablar entre dientes), por lo que no podido llamar a
nadie.

En algunas ocasiones, mi marido telefoneó al día siguiente, de manera que, con alguna excusa, yo pudiera volver al trabajo, a la tienda, al dentista y cosas por el estilo. Después utilizaba las excusas: un accidente de coche, cirugía oral, cosas como ésas.

Ahora bien, la primera respuesta a esta historia, en la que yo misma pienso, sería: “¿Por qué no pides ayuda?”
Lo he hecho. Poco después de casarnos, acudí a un sacerdote, quien, después de algunas visitas, me dijo que mi marido no quería hacerme ningún daño real, que estaba confuso y se sentía inseguro. Me animó a ser más tolerante y comprensiva. Más importante aún: me dijo que le perdonase los golpes, como Cristo me había perdonado desde la cruz. También hice eso.

La siguiente vez, acudí a un médico. Me dio unas píldoras para relajarme y me dijo que tomase las cosas con más calma. Estaba demasiado nerviosa.

Fui a ver a una amiga y, cuando su marido lo descubrió, me acusó de inventar o de exagerar la situación. A ella le dijo que se apartase de mí. No lo hizo, pero, en realidad, ya no podía ayudarme.

Acudí a una organización profesional de orientación familiar. Me dijeron que mi marido necesitaba ayuda y que ya encontraría algún modo de controlar los incidentes. Yo no podía controlar las palizas, que era la única razón por la que solicitaba apoyo. En esa organización descubrí que tenía que defenderme contra la sospecha de que yo quisiera que me pegasen, que yo incitara las palizas. ¡Dios mío! ¿Los judíos incitaban en Alemania a que los matasen?…

Una vez, acudí a la policía. No sólo no respondieron a la llamada, sino que varias horas después preguntaron si “las aguas habían vuelto a su cauce”. Para entonces, ¡ya podía estar muerta!

Si ocurriera otra vez, no tengo a donde ir. Nadie quiere acoger a una mujer con cuatro niños. Aunque hubiera alguien tan bondadoso como para hacerse cargo, no quiere verse envuelto en lo que suele denominarse una “situación doméstica”…

Nadie quiere “provocar” a un individuo que pega a su esposa. Cuando esté dispuesto y tenga oportunidad, irá adonde sea.

Yo puedo ser su excusa, pero nunca he sido la razón…

He sufrido palizas físicas y emocionales y la violación espiritual porque la estructura social de mi mundo dice que no puedo hacer nada contra un hombre que quiere golpearme… Pero, permanecer con mi marido significa que mis hijos tienen que estar sometidos a la sacudida emocional que provoca el ver el rostro de su madre u oír sus gritos en medio de la noche.

Sé que tengo que marcharme. Pero, cuando no tienes a donde ir, sabes que debes seguir adelante por tu cuenta, sin esperar ayuda. Tengo que estar preparada para eso. Tengo que estar preparada para salir adelante yo y sacar adelante a mis hijos e, incluso, proporcionarles un ambiente decente. Rezo para poder hacerlo antes de que me asesinen en mi propia casa…

Debo decir que, aunque el marido apalee, abofetee o amenace a su esposa, hay “días buenos”. Esos días contribuyen a atenuar los efectos de las palizas. Ayudan a hacer que la esposa deje de lado los traumas y mire el lado bueno; primero, porque no hay otra cosa que hacer; segundo, porque no hay a donde ir y nadie a quien acudir, y tercero, porque el fracaso es la paliza y la esperanza de que no vuelva a ocurrir. Una mujer amante, como yo, siempre espera que no ocurra otra vez. Cuando vuelve a pasar, no hace sino esperar de nuevo, hasta que, tras la tercera paliza, se hace evidente que no hay esperanza. Entonces es cuando sale para que le ayuden a hallar una respuesta. Cuando le niegan esa ayuda, o bien se resigna a la situación en la que está o ella misma saca fuerzas de flaqueza y empieza a hacer planes para una vida futura en la que sólo quepan ella y sus hijos.

Para muchas, la tercera paliza puede ser demasiado tarde…

¿Qué es lo que determina que una tenga suerte o que no la tenga? Hace mucho tiempo que podía estar muerta si me hubiese dado en mal sitio. Mi bebé podría haber resultado muerto o deformado si le hubiese dado una patada en mal sitio. ¿Qué me ha salvado?

No lo sé. Sólo sé lo que ha ocurrido cada noche y temo el golpe final que me mate y deje huérfanos a mis hijos. Espero poder aguantar hasta completar mi educación, conseguir un buen trabajo y ser lo bastante autosuficiente para cuidar de mis hijos por mí misma.

 

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